Enterado de esa dificultad, Computadores para Educar hizo lo que en otros nueve departamentos del país. Llevar energía a las instituciones educativas a través de páneles solares. En la ranchería El Estero instalaron cuatro y desde entonces –confiesa el profe Juan Carlos– nada volvió a ser igual en la vida de sus alumnos.
Casi cinco meses después, el maestro revive la historia justamente desde esa ranchería. Su voz se escucha al otro lado de la línea, interrumpida a veces por los vientos del desierto.

Cuenta que la llegada de la energía solar es poco lo que utiliza su tablero. “Es que con esas tabletas los niños pueden hasta aprender a sumar. Es una manera divertida de aprender porque la aplicación de matemáticas, por ejemplo, es interactiva y pedagógica y eso a los niños los engancha mucho más que uno pararse a hablar y hablar o que ellos llenen cuadernos. Y es una manera de que niños indígenas se acerquen a la tecnología, algo a lo que poco se tiene acceso en regiones apartadas”.

Es que con esas tabletas los niños pueden hasta aprender a sumarA 300 kilómetros de allí, en Magdalena, Javier Ramírez Brito también habla de esa magia de enseñar con ayuda de la tecnología. El hombre se gana la vida como rector de la Institución Etnoeducativa Distrital Zalemaku Sertuga, ubicada en el corazón de la Sierra Nevada, a casi cinco horas (dos de ellas caminando) desde Santa Marta. Una zona habitada por indígenas Kogui, Malaya y Arhuaco que no saben qué es eso de encender bombillos cuando cae la noche.

Desde que se asentaron en este lugar nunca les ha llegado el servicio de electricidad.
La instalación de tres páneles solares hace posible que los 27 niños de la comunidad puedan aprovechar una veintena de tabletas con las que no solo aprenden las asignaturas formales de la educación. Con ellas registran también las actividades diarias del resguardo para preservar sus tradiciones.

Los niños graban videos de las faenas de siembra, de la fabricación de artesanías, de sus danzas, de la preparación de sus comidas, de las historias de sus mayores. Muchos de esos registros los hacen en su lengua nativa, la wiwa arzario.

Es que todos entendieron que, más que una amenaza, la tecnología puede ponerse al servicio de su cultura. Lo propio hacen los alumnos del Centro Educativo Indígena Awa El Verde, localizado en Tumaco, Nariño, una de las zonas del país más azotadas por el conflicto armado. Cincuenta estudiantes de preescolar y primaria disfrutan ahora de tres páneles solares, de 750 vatios cada uno, con los cuales han podido sacar mejor provecho de los computadores y tabletas con los que fue dotada esta institución educativa.

O lo que hacen los 185 estudiantes del Colegio San Pedro Claver en la lejana vereda de Guineal, en el Chocó. Nicolás Andrade, un curtido profesor que cree ciegamente en el valor de la educación pública, intenta explicar cómo hallar esta zona en el mapa.

Para llegar hasta su pueblo, habitando por unas 300 personas que aprendieron desde hace décadas a vivir en el vértigo de la pobreza, es necesario arribar primero a Quibdó, donde se aborda una aeronave que aterriza luego en Pizarro, cabecera municipal del municipio Bajo Baudó, a orillas del mar Pacífico. Ya en Pizarro es necesario tomar una lancha que puede tardar entre una y tres horas para arribar a ese tranquilo pueblo de pescadores y campesinos sembradores de arroz, maíz, papa china, yuca y plátano que es Guineal.

Los dos páneles solares que se levantan a pocos pasos del colegio, donde Nicolás es rector, sirven para aprovechar al máximo los cinco computadores con los que cuenta y que los alumnos se esmeran en preservar del aire denso y húmedo, y de las lluvias perpetuas que lavan diariamente los cielos de esta región del Pacífico norte. Otras veces, la energía les alcanza para encender la fotocopiadora, el video beam y los televisores con los que los docentes intentan hacer sus clases más entretenidas.

Hasta ahora, unos 9500 estudiantes se han beneficiado con la instalación de 311 soluciones fotovoltaicas, como se les conoce técnicamente a los páneles solares, 
en los departamentos de Amazonas, Cesar, Chocó, Vaupés, Guainía, Vichada, Putumayo, Nariño, Magdalena y La Guajira. Cifras que se suman al esfuerzo de entregar en los últimos ocho años, cerca de 2.100.000 equipos en instituciones públicas de todos los municipios del país.

La magia de encender una tableta en medio del desierto

La instalación de tres páneles solares hace posible que los 27 niños de la comunidad puedan aprovechar una veintena de tabletas.

Foto: Lucy Lorena Libreros

En casi todos los casos, la labor ha sido la misma. Quien lo explica es Mábel Sánchez, profesional social de CompuSolar, entidad encargada de la instalación de los páneles. Al llegar a cada institución educativa, dice, se hace un estudio del suelo y el clima del lugar. Y según ello, se instalan los páneles solares que pueden ser de 500, 750 o 1000 vatios de potencia, y que se cargan de energía según la irradiación natural que traiga consigo cada día.

Mabel, que ha visto muchas veces los rostros emocionados de los estudiantes, narra que cada pánel se instala durante un día entero sobre “un poste que se entierra a tres metros bajo tierra; luego se hace el cableado hasta uno de los salones, en el que se instala un cajón de mediano tamaño con un tablero de control que aloja la batería que se carga con la energía que absorban los páneles”.

El profe Juan Carlos asegura que los cuatro páneles de su escuela en La Guajira permanecen todo el día con carga gracias a las altas temperaturas que golpean esta esquina de Colombia. Porque la gran paradoja de esta ranchería es que la crudeza del clima ha facilitado la creación de iniciativas pedagógicas como ‘EtnoTIC’, que permite que los alumnos del Centro Etnoeducativo No. 12 puedan mostrar frente a compañeros, padres de familia y vecinos sus habilidades en el manejo de las nuevas tecnologías.

Al otro lado de la línea, el profe sigue hablando de proyectos educativos para sus muchachos. Sabe que cada vez que entra al salón de clases no solo sostiene una tableta para dictar clases, sino la esperanza misma de todos sus alumnos. Qué importa que vivas con tantas carencias, repite Juan Carlos. “Cuando todos nos esforzamos en que un niño aprenda, es posible hacer cosas que parecen imposibles: como encender una tabla en la mitad del desierto”.

Fuente:

EL TIEMPO